En estos 16 años que abarcan el ciclo que ahora estudiamos, Eastwood dirige 15 películas y protagoniza diez de ellas, mientras que trabaja como actor en otras tres que no dirige él, de modo que interviene como intérprete en 13 películas. Estos números son impresionantes para cualquier director-actor que se precie. Pero hay que tener en cuenta que de esas 15 películas dirigidas podemos creer que al menos ocho o nueve son obras maestras o casi.
Las tres que hizo como actor sin dirigir fueron The dead pool (quinta y última película oficial de Harry Callahan), Pink Cadillac y la muy notable In the line of fire, que es además la última película que protagoniza, sin ser dirigido por él mismo, hasta la fecha… He de decir que In the line of fire es magnífica, una muestra más del gran talento del artesano Wolfgang Petersen, quien cuando no hace el tonto (Air force one) es un pedazo de director como la copa de un pino…
Pero vamos a lo que importa: tres años después del gran acierto de Pale rider, que atisba al gran director en que está a punto de convertirse, Eastwood sorprende a propios y extraños con un retrato amargo y sin concesiones del trompetista célebre y malogrado Charlie Parker, con la soberbia, sentida y personalísima Bird. Cómo se nota en ella cuanto sabe, y cuanto ama, Eastwood la música.
No la protagonizó, como es natural, pero sí, sin embargo, la siguiente: White hunter, black heart, acercamiento al rodaje de La reina de África, en el que Eastwood encarna a un sosias de John Huston (y he de decir que con una perfección absoluta, convirtiéndose en una de sus cuatro o cinco mejores interpretaciones como actor) en otra película, si bien no tan soberbia como Bird, sí realmente estupenda, y de nuevo sin concesiones.
Estos dos grandes logros en dirección van seguidos de un film menor, aunque totalmente apreciable, The rookie, en el que Eastwood hace de un Callahan sin ser Callahan. La película hizo dinero, que es lo que importa, aunque su dirección o su guión no sean tampoco nada del otro jueves. Llega la gran sorpresa…para algunos…

Un guión que llevaba más de diez años en un cajón comprado por Eastwood y dejado madurar (hasta tener la edad suficiente para protagonizarlo) sale por fin a la luz en forma de película, la número 16 en su carrera. Una auténtica obra de arte, por fin: Unforgiven. En esta magna obra del séptimo arte Eastwood despliega todos los conocimientos y la experiencia adquiridos, todo su amor por el género que le dio de comer y le hizo famoso. En Unforgiven el western se condensa en un film testigo de una época, perfecto en su equilibrio entre clasicismo y contemporaneidad, perfecta consecución del western de Ford, Peckinpah, Sturges, Walsh y todos los demás. El guión ya era soberbio, pero Eastwood le da su toque único, ahora el toque de un maestro…
Y con él llega el Oscar a la dirección, un premio que muchos no se creían que mereciera. Como si no hubieran visto la película. 4 para él: película, director, actor en papel de reparto y montaje…

La siguiente película no llega a la altura insuperable de Unforgiven, pero es realmente magnífica, aunque la crítica no fue demasiado favorable: A perfect world, un melodrama bastante más redondo y complejo de lo que muchos, en mi opinión, supieron ver. Debido a la diferencia con la anterior obra maestra, muchos dudaron de que Eastwood fuera tan grande como se decía. No le importó demasiado, trajo otra obra sublime: Los puentes de Madison, una de las historias de amor más conmovedoras, sublimes y emocionantes que ha dado la entera historia del cine.
En ella, un Eastwood desconocido se adentra en el territorio de un lirismo desatado, loco, arrebatador…Pero la academia de Hollywood pasó, muy injustamente, de él, otorgándole el Oscar a Braveheart (sin comentarios).
Tras este gran triunfo estético, Eastwood realiza una trilogía muy sólida, y a ratos genial, sobre el crimen: Absolute power (la más floja de las tres, de lejos), Midnight in the garden of good and evil (larga y extraña, pero elegante y sorprendente) y True crime (absolutamente magistral y totalmente infravalorada…). En ellas, el ya sesentero maestro demuestra lo mucho, y lo bien, que tiene por contar. Y que la edad no es problema para seguir trabajando sin parar…

Tras dos películas menores (aunque tremendamente sólidas, profesionales y divertidas) las taquilleras Space Cowboys y Blood work, Eastwood se pone las pilas de nuevo y dirige, de sopetón, en dos años, dos obras maestras inconmensurables: Mystic river y Million dollar baby, que son un viaje por la muerte absolutamente desoladoras y tenebrosas. Estas dos joyas son nominadas al Oscar, y aunque la primera lo pierde de manera bochornosa con la peor de la trilogía de El señor de los anillos, la segunda lo logra, de calle. Segundo oscar al mejor director para un Eastwood absolutamente consagrado.
Su díptico sobre Iwo-Jima (que forma, respectivamente, su film vigésimo sexto y vigésimo séptimo como director) es su último trabajo, y aunque la primera adolece de cierta falta de ritmo, a pesar de ser un notable film, el segundo es un viaje por la muerte (aún más tenebroso que Million dollar baby), y un bello poema sobre la amistad y el horror de la guerra que, sin duda, es una más de sus obras maestras.
Así las cosas. Sobre su siguiente proyecto ya hemos hablado en Extracine. Parece que el ya casi 77 años) octagenario realizador no tiene ganas de retirarse. Mejor así. Cuando lo haga, el cine habrá perdido a uno de sus grandes maestros.






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