Antes de empezar, creo que es justo admitir que soy un fiel seguidor de la saga y que quizá por ello, acudí a la sala con un idea excesivamente clara de cómo es el James Bond que a mí me gusta. Dicho esto, creo que ya puedo proceder a desmenuzar la última entrega de 007, Casino Royale.

La película llegaba precedida por una larga discusión sobre la adecuación de Daniel Craig, como nuevo intérprete y sucesor de Pierce Brosnan en el papel del agente secreto. Pero es que dicha discusión sigue al rojo vivo durante todo el largometraje (mentalmente claro, no se debe hablar en las salas de cine, por favor) y sobretodo tras el visionado del mismo. Vamos, que claramente Craig no consigue convencer, porque si así fuera, no podríamos seguir cuestionándole. Pero es que el actor, por mucho que se esfuerza, no consigue que al verle, identifiquemos la esencia de Bond.

Craig como BondYo simplemente es que creo que James Bond no se hace, se nace. Quiero decir que Craig no es que sea mal actor —aunque tampoco me parece uno de los mejores—, pero a pesar de ser cierto que el tipo lo trabaja y le pone empeño, es que para ser Bond, te tiene que pegar serlo, es como ponerse un buen traje, a todos no nos sienta igual. Y al pobre Craig no le pega ni con cola, de hecho, aquí os dejo un collage de imágenes, donde parece que para ser James Bond, lo único que hay que hacer es saber poner esta cara: labios cerrados, apretados y hacia fuera, el inferior por delante del superior, ojos de miope intentando leer un cartel y finalmente, eso sí, algo que no todos podemos conseguir, unos hoyuelos marcados tímidamente. Da igual que esté seduciendo a la chica, hablando con el malo, discutiendo con M o simplemente saliendo del agua, esa cara es la que hay que poner y Craig lo cumple a rajatabla.


De todos modos, hay que ser justos, con el empeño que pone Craig y una buena historia, dicha discusión quedaría en un segundo plano, pero es que encima la película peca dos veces. La historia, durante los primeros 20 minutos alcanza un ritmo increíble, sobretodo con la persecución inicial (corriendo por Madagascar, saltando entre grúas, esquivando paredes, etc. al más puro estilo yamakasi). Pero tras ella y a pesar de contar con dos grandes lápices en el guión, la película no consigue evitar terminar siendo una sucesión de mamporros y persecuciones, sólo interrumpidas por unas lentísimas y repetitivas escenas de la partida de póquer. Y no digo que haya que acortar las escenas del casino, no, lo que hay es que hacerlas mejor, porque una partida con tantos jugadores y de tan amplia diversidad, no puede ser que se limite a enfocar las caras de los dos protagonistas y que cada mano siempre termine con un uno contra uno entre ambos. ¿No se trata de una prestigiosa partida, a la que sólo pueden acudir los afortunados?

Por un lado podríamos pensar, qué inteligente es nuestro malo malísimo, que ha convencido a ricachones bobos para jugar y así ganarles sin problemas. Pero por otro lado… no será tan listo cuando en dicha partida se le han colado dos espías: nuestro querido agente británico y un peculiar (porque como sean así todos los agentes de la CIA, normal que no se coman una rosca) agente estadounidense, que se limita a verlas pasar, como el resto de jugadores.

Casino Royale - Craig y Dench

Dejando las escenas del casino a un lado, el resto de la historia es bastante confusa en algunos puntos, no se desarrolla suficiente en otros y sobretodo, no marca claramente un hilo principal, conductor de la acción. Es decir, se podría resumir del siguiente modo:

James Bond es un novato cabezón y rudo, acaba de conseguir su licencia de doble cero y en la primera misión se le va mano y lo fastidia. Sin permiso obtiene datos de una investigación relacionada (sin saber muy bien cómo ni porqué) con dicha misión. Así que sin permiso de nadie, se va al que más cara de malo tenía de todos los implicados. Estando allí demuestra su talento con las cartas y consigue que le metan en una multimillonaria partida, solo para unos pocos privilegiados. En vez de castigarle por haber sacado datos sin permiso y haber desobedecido órdenes, le regalan una agente del tesoro británico, Vesper Lynd (Eva Green), con un cuenta de varios millones y lo mandan a Montenegro a jugar.

Y no sigo porque habrá quién todavía no la haya visto y no me gusta ser de los que desvelan toda la trama. Pero lo que quería decir, es que la historia está cogida con hilos. Termina el film y te quedas sin saber cuál era la auténtica misión de Bond, quién es el malo, qué ha hecho para ser malo y porqué le persigue el MI6.

Si nos centramos únicamente en la nueva versión de Bond, cualquier detalle (su rudeza, su brutalidad —características inherentes al propio Daniel—, sus errores, sus precipitaciones, su desobediencia…) que para unos es un defecto o pérdida de la auténtica identidad del agente, para otros es un gran logro, ya que hacen al gente más humano, más real y más adecuado al nuevo siglo. Aunque en realidad para ello, tenga que ser menos Bond. Pero yo lo que me pregunto es… ¿Craig interpreta a Bond o es Bond el que se adapta al actor? ¿Eligieron a Craig porque era esto lo que querían hacer desde un principio o lo han hecho así porque era el único modo de que Craig intentase parecer James Bond? La discusión queda abierta.

Lo que está claro es que es alguien que no se para a pensarlo dos veces antes de soltar el guantazo, que se pelea como si saliera de una taberna irlandesa tras la última ronda —a mamporro limpio con todo el que pase por delante—, que casi podría pasar sin la pistola y por supuesto sin el silenciador, porque la utiliza bastante poco. Es que de hecho, para este nuevo Bond no hay tiempo de recargar balas, ni de intentar despistar a los enemigos, para qué, cuando puedes partirles la cara con tus duras manos y tus fornidos brazos. Y por supuesto, no necesita juguetitos tecnológicos ficticios para poder completar sus misiones (eso sí, un desfibrilador de bolsillo es altamente recomendable para cuando has bebido más de la cuenta y no te tienes en pie, aunque por favor, no olvidéis conectarlo).

Casino Royale - ducha

El resto de intérpretes no gozan de mucho tiempo en pantalla, así que tampoco adquieren excesiva relevancia (como ya comentaba en el análisis de la historia). M está siempre perfecta, gracias a la gran Judi Dench, aunque por desgracia, se le empieza a notar demasiado la edad. Eva Green está aceptable, aunque su papel debería haberse desarrollado más y explicado las motivaciones de sus acciones, y lo que no tiene sentido es que intenten convencernos de que el nuevo Bond ya no es machista: cuando efectivamente la belleza de Green no es tan explosiva como la de otras chicas Bond (todavía recuerdo a las despampanante Halle Berry, entre una larga lista de bellezas), pero cuya única finalidad destacable, es distraer al resto de jugadores, una y otra vez durante la partida, con un despampanante escote que deja entrever más de lo que se consideraría adecuado. En cuanto a Mads Mikkelsen no consigue ser más que otro malo más, del que lo único destacable es un defecto físico, bastante desagradable.

En definitiva, lo que no se puede discutir es que se trata de un nuevo Bond, lo que no está claro ni mucho menos, es si es mejor o peor y sobretodo, si realmente era necesario realizar esta transformación tan drástica del personaje de Ian Flemming.

Personalmente opino que había otros modos de adaptar al agente a los nuevos tiempos, sin necesidad de hacerle perder gran parte de sus características inconfundibles y sin hacer que recuerde tanto a un nuevo Jason Bourne o Ethan Hunt, que más que agentes especiales son asesinos a sueldo. La historia cojea de varios lados, aunque las últimas noticias se debe a que será desvelada por completo en las dos siguientes entregas (esto ya parece piratas del caribe, con el gusto que da gastarse el dinero en el cine para que te cuenten un historia de principio a fin) y para lo poco que cuentan, no se justifican las 2 horas y media que dura el metraje.

Lo único que me consuela son las cifras que está obteniendo en taquilla, que consigue asegurar la supervivencia de la saga, gracias a este rentable tropiezo.