Habiéndola postergado largamente, al fin vi Caché, la última película de Michael Haneke.

Caché

Cabe decir que había recibido vagas referencias al respecto, sobre su argumento, sus puntos fuertes, su énfasis y su final (además de los reconocimientos de la crítica como film europeo del año), así que no puedo decir que iba completamente desinformada, ni tampoco carente de expectativas.

En cierto sentido, esperaba lo que obtuve, pero esperaba que me aburriera, que me disgustara por pretencioso. No obstante, me sorprendió un tanto, y otro tanto me interesó.
Pero, al fin y al cabo, así somos los cinéfilos.

En fin: a los hechos.

Caché es pretenciosa. Sí.
Caché recae en la cuestión del punto de vista (en especial del espectador) y en el dirimir de lo real y lo irreal, lo visto o lo capturado.
Caché versa sobre lo narrativo y hasta, si se quiere, lo metalingüístico en forma velada.
Caché, escondido, nos quiere decir que no importa la amenaza sino lo amenazado.
Caché nos habla, entre lo amenazante, de lo latente de las culturas y sus conflictos.
Caché tiene afables personajes por momentos. Por momentos preguntan demasiado. Majid es grande.
Caché es elegante y violenta - el póster no es broma, hay mucha sangre y hasta elementos controversiales -, y esas dos características no tienen por qué tocarse.
Caché tiene una escena para no parpadear. Impresionante.
Caché tiene un final digno de pocas películas. Si no lo descubres, te quedas boquiabierto. Si lo haces, también.
Caché es pretenciosa, ya lo dijimos. Todo lo que hace lo hace por una razón, ¡y hace tantas cosas a la vez!
(Ni) vale la pena empezar a buscar comentarios y teorías al respecto. Caché es un ejercicio reflexivo y un disfrute irracional al mismo tiempo.

Así que sí, nadie podría negar que (pretende) ser de lo mejor en mucho tiempo.